Ayer cenando con amigos, me dió por pensar en qué cierta es esa típica frase de "la vida son etapas, cuando una termina empieza otra". Quizá es una forma conformista de encajar o asumir más fácilmente ciertas situaciones, pero no deja de ser una verdad como un templo. Muchas veces no tienes ni voz ni voto para decidir sobre esas etapas: de pequeño nadie te preguntó si querías empezar a ir al colegio, o nadie te ha pedido permiso para echarte del trabajo, o si querías que tu pareja te dejase por otro. Puede ser más o menos duro, pero al fin y al cabo es lo que hay. Lo difícil es cuando el cierre de una etapa y el comienzo de otra sí dependen de ti. Tú eres quien decide si permaneces en tierra firme o si saltas al vacío, y muchas veces sin tener ninguna garantía de lo que va a pasar. ¿Lo más fácil? Quedarte quieto y no arriesgar. Si no me muevo no me pasará nada. Es cierto, no pasará nada. Nada. Pero parece que el cambio de año ha traído muchas ganas de experimentar ese salto al vacío, últimamente lo veo a mi alrededor. Es un poco contradictorio, pero la libertad consiste en arriesgarse.
10 de enero de 2010
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